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Pocas dudas quedan acerca del estilo del pintor, que es, claramente, hiperrealista. Precisamente por ello, no se puede hablar de otra "influencia" que la realidad en sí misma, aunque sí de admiración inconmensurable a, especialmente, dos colosos de la pintura: Diego Velázquez y Antonio López.
No hay palabras que definan la grandeza de la obra del inefable Velázquez, pero, en un cuadro gigantesco de Antonio López, observado desde la distancia apropiada, puedes ver hasta los visillos de las ventanas del apartamento de la "Señá" María. Sin embargo, te acercas y no aprecias más que una mancha emborronada. Eso, además de arte... ¡es magia!

Otros grandes a los que también admira, no obstante, son: Joaquín Sorolla, por la destreza con que utiliza las luces y las sombras para transmitir el calor del verano; Mariano Fortuny, por el virtuosismo de sus acuarelas semejantes a óleos; Ramon Casas, por su trazo inconfundible y su prolífica obra; Lucian Freud, por su brutalidad, por saber exactamente lo que quiere y cómo lo quiere.
David, con su obra, sólo pretende que el espectador sea capaz de sentir, siquiera, una milmillonésima parte de lo que él mismo siente frente a una obra de sus "héroes".


 

 

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